lunes, 14 de diciembre de 2009

La camiseta del capitán de Honduras

Por Óscar Flores L. (Desde Tegucigalpa)
Desde aquella madrugada en que varios soldados lo sacaron de su casa en pijama –los balazos no le dieron tiempo para preocuparse por el qué dirán ni en las apariencias-, todo lo que tiene que ver con Manuel Zelaya es noticia. Y no sólo en Honduras.

Por eso no es de sorprenderse que una camiseta, cuyo valor no pasa de los cincuenta dólares, haya provocado un alboroto nacional que se llevó de encuentro a Amado Guevara, el capitán del equipo hondureño.

El embrollo lo provocó, al parecer sin querer, Flor Guevara, la madre del futbolista, un día después de que Honduras lograra en El Salvador la clasificación a Sudáfrica: “Le dije a mi hijo que le quería regalar una camiseta suya a quien sigue siendo, para mí, el legítimo presidente del país: Manuel Zelaya. Y él me respondió que sí”, recuerda la señora Guevara.

Y sigue contando: “La misma noche que logramos el pase al Mundial le recordé a Amado el asunto de la camiseta y me dijo que con todo gusto”. Flor Guevara fue a una tienda, compró una camiseta original y el capitán le puso su firma y el siguiente mensaje: “Para señor presidente Manuel Zelaya de su amigo Amado Guevara”.

Lo raro es que el capitán hondureño había estado unas horas antes en un homenaje que les hicieron a los seleccionados en casa de gobierno, y en el transcurso de su discurso dijo: “Gracias al presidente Roberto Micheletti por haber compartido con nosotros este momento histórico”. (Micheletti es quien tomó el lugar de Zelaya apenas unas horas después de que éste fuera mandado al exilio).

Micheletti, el demonio
Aunque Amado no tiene inconveniente en decirle “presidente” a uno y a otro, su mamá es clara y tiene varios calificativos para Micheletti: usurpador, golpista, mentiroso. Y también le dice “demonio”.
Al igual que la población, la prensa hondureña quedó dividida en quienes son afines a Zelaya y en aquellos que defienden a Micheletti. Ambos lados hicieron su fiesta con la camiseta. Incluso circuló en algunos medios electrónicos que “Amado Guevara le regaló al presidente Zelaya la camisa con la que jugó el día de la clasificación”.

Y de paso alababan lo que llamaban el compromiso del capitán con la democracia, su oposición firme al golpe de Estado, su amor por el pueblo, su odio por la oligarquía explotadora y otras definiciones que se han convertido en panfletarias debido al uso excesivo.

Pero Amado lo negó todo un día después desde Miami, ciudad en la que hacía escala rumbo a Toronto (juega en la Mayor League Soccer). “La noche que jugamos contra El Salvador usé dos camisetas… Una se la di a Jonny Palacios –compañero de selección-, y la otra a mi esposa”, se defendió. Y remató: “Ni siquiera soy amigo de Mel Zelaya”.

Entonces salieron los periodistas del otro bando y acusaron a Mel Zelaya de mentiroso.
“Ha quedado demostrado una vez más que ese señor no tiene valores morales y que distorsiona la realidad”, ladraron. “Nunca dije que esa camiseta era una de las que usó mi hijo ante El Salvador; jamás oculté que fui a comprarla… Incluso tenía la etiqueta”, dice Flor Guevara.

Pero al final, lo más seguro es que Mel Zelaya les cuente algún día a sus nietos que tiene la camiseta que Amado Guevara usó aquella noche en que Honduras logró la clasificación al Mundial de Sudáfrica. Después de todo, ¿cuándo hemos escuchado a un político decir la verdad?

jueves, 3 de diciembre de 2009

Negro, esclavo y portero del PSG













Edel, con la selección de Armenia. No cuadra, ¿verdad?

Por Rocheteau
La abuela de Apoula Edel no recogía algodón, como la de Michelle Obama. Es lo que le pasa a los negros de África. Molan menos que los americanos porque nadie les ha hecho películas. La diferencia es que Michelle Obama usa deportivas de 200 dólares para darle sopa a los pobres y los negros como Apoula Edel siguen recogiendo los algodones del siglo XXI. En su caso, dentro de una portería.

Apoula Edel es camerunés, se peina con trenzas a lo Allen Iverson y parece el primo cachas de un portero de discoteca en Yaoundé. Los críos del barrio crecieron soñando con convertirse a Samu Etoo, pero a Apoula le tiraban más Tommy N'Kono y, sobre todo, Pierre Ebedé (hoy portero del AEL Limasol chipriota).

El chico presentaba maneras. Y por allí apareció un hombre blanco, agente de jugadores [o mayorista de algodón, según se mire], que lo cogió por la pechera, junto a otra promesa, Carl Lombé, y les prometió un viaje a Armenia para probar con un club puntero. Les habló de la belleza de Armenia, un país igual de bonito y desarrollado que Francia.

¿De Camerún a Armenia? No sonaba muy sexy, la verdad. Pero sus padres no trabajaban. Estaba harto de los cursillos de pastelería con los que compatibilizaba el fútbol. Y Apoula se dijo que si le quitaban los grilletes de la pobreza, ya se encargaría él de progresar poco a poco.

Con 15 años aterrizaron Apoula y Carl en este trastero ex soviético de cemento y noches a las cuatro de la tarde. Les requisaron el pasaporte. Se enteraron de que el mayorista de algodón les había vendido sin su consentimiento. Y cuatro días después les dieron sus nuevos pasaportes como egregios ciudadanos armenios. Que el presidente de su nuevo club, el Pyunik Erevan, lo fuese también de la Federación de Fútbol armenia ayudó a agilizar los trámites de la nacionalización forzosa y unilateral.

Sí, en el fútbol sigue existiendo la trata de negros.

Ya puestos, Apoula y Carl no tuvieron más remedio que ponerse a jugar al fútbol. Y no lo hacían mal. Así que, como no había mucho donde elegir, Armenia les convocó para la selección sub 19. El camerunés (perdón, armenio forzoso) fue el mejor portero del europeo de 2005 y, tras 60 partidos con la sub-19, le llamó la absoluta.

Armenia no es Francia

Apoula había descubierto que Armenia no es Francia. Pero no sabía que los grilletes también pueden ser invisibles. Intentó irse del país, pero necesitaba el tránsfer del presidente de la federación armenia. "Nanai" fue lo que oyó, se diga como se diga en armenio.

Jugó con la absoluta (y hasta arrancó un empate contra Rumanía en 2004). En 2005 hizo varios ensayos con clubs franceses, pero sus propietarios pidieron ¡un millón de euros! por el esclavo. Sólo en 2006, gracias a un ex entrenador suyo en el Pyunik Erevan, que ahora lo era del Rapid de Bucarest, consiguió salir de la cárcel armenia (mintiendo: aseguró que tenía un ensayo con el Benfica) tras cuatro años y cuatro títulos de campeón.

Allí le cedieron a un equipo belga, La Gantoise, volvió a Bucarest (el chico ya estaba hecho a la abulia cromática del este de Europa) y firmó una buena temporada con el Rapid. En la UEFA se enfrentó al Paris Saint-Germain, que apuntó su nombre en la libreta. Al terminar el año, en 2007, se incorporó al equipo de la capital gala por 100.000 euros.

Apoula escribió a la UEFA explicando que sí, que oficialmente él había jugado con Armenia, que en sus papeles ponía que era armenio y lo era de hecho, pero que todo fue un montaje y que quería competir por Camerún, donde Paul Le Guen le haría un hueco como segundo de Carlos Kameni. Pero la apostasía está tan jodida en la UEFA como en el Vaticano y el pobre Apoula sigue esperando.

El pasado domingo, Apoula salió al campo después de que Grégory Coupet se partiese el tobillo él solito. Ayer fue titular en la victoria 2-5 del PSG en Boulogne, la patria chica de Ribéry. Y el fin de semana será titular en el campo del Girondins de Gourcuff. A FNF le pega muy poco el rollo lacrimógeno, pero yo este domingo, por primera vez en mi vida, voy a desear que gane el PSG.

martes, 17 de noviembre de 2009

El entrenador preferido de los dictadores

A la derecha, Bernd Stange. Sí, el que se parece a Slobodan Milosevic.

Por Rocheteau
Imagino el careto de los jefazos de la Stasi, descojonados, cuando leían en las secciones de deportes de los diarios de Alemania occidental eso de que "lo que se dice en un vestuario es secreto". En la RDA, hasta las conversaciones de los futbolistas en el retrete eran de interés para el partido. Todo gracias a tipos como Bernd Stange.

Imagino a Udai Hussein, el hijo de Sadam, el iluminado que mezclaba el bilardismo con los métodos de los Jemeres Rojos, el que torturaba a muerte a los desgraciados que fallaban los penaltis, eligiendo a su nuevo entrenador. Cuando le presentaron la ficha de un tipo caído en el olvido porque se había descubierto que fue inofizieller mitarbeiter, es decir, informador no oficial de la Stasi, cuando entrenaba a la selección nacional de la RDA, no lo dudó. Había que fichar a ese Bernd Stange.

Imagino el orgullo que debió de sentir Aleksander Lukashenko, el último dictador de Europa, timonel de una Bielorrusia aislada pero orgullosa de sus koljozes y sus sovjozes, que echa lagrimitas si ve estampitas de la URSS, cuando le presentaron el currículum de su nuevo seleccionador. Un tal Bernd Stange.

A Bernd Stange, 61 años, sajón, le gustan los regímenes políticos como las servilletas: bien planchados. Además de un entrenador apañado es un soldado cumplidor: acata órdenes, no hace preguntas y cuando la prensa extranjera le pregunta por la situación en Bielorrusia, un país donde Lukashenko lleva en el poder desde 1994 y en 2006 ganó con más del 80% de los votos, es capaz de responder esto: "Vivo en Minsk. No lo creerá, pero es una de las ciudades más limpias que he visto en mi vida. Y he visto muchas. Tienen un buen estilo de vida y me gusta estar aquí. Me gusta mi trabajo".

Bernd Stange es el entrenador de los dictadores. Nunca nadie dedicado al balón ha reunido una hoja de servicios tan meritoria casi siempre al servicio de algún sátrapa (también le van los que tienen poco carisma: en 2001 dirigó al sultanato de Omán).

Primer despido por traidor

Empezó como un obrero del fútbol en las categorías menores del fútbol de la Alemania del Este. Al chico eso del partido único le tiraba. Así que en el fútbol hizo camino en su versión futbolera: la federación. Tras foguearse en el Carl Zeiss Jena, entrena a varias selecciones juveniles para luego tomar las riendas de la RDA.

En los archivos de la Stasi, Stange aparecía con el nombre en clave de Kurt Wegner. Al poco de caer el muro, entra en el banquillo del Hertha, el gran equipo de Berlín oeste. Entonces se abre el túnel negro y kilométrico de los cajones del espionaje alemán y se descubre su carné de soplón del régimen. Lo echaron por traidor.

Tras dar varios tumbos por equipos del Este de Europa y de la extinta RDA, donde importaba menos su pasado, encuentra madriguera en Australia. ¿Demasiadas libertades para Bernd? El caso es que en 2002 acepta el encargo de Irak.

Entrenar al país en época de Sadam, en plena guerra e incluso durante la ocupación internacional posterior tiene su miga. Sobre todo porque consiguió colocar a una selección sin estadio ni techo en el puesto 45 de la FIFA, por encima de Gales y Escocia.

Contaba Stange con humor alemán que, bajo el régimen de terror de Udai, no había nadie que quisiera tirar los penaltis comprometidos por el temor de que le hicieran la picana al llegar al vestuario. Y luego hablan de miedo escénico. Muerto el dictador, al primer penalti decisivo, se presentaron siete jugadores iraquíes en el área peleándose por colocar el balón en el punto de cal. Qué mejor metáfora de la democracia.

Disparos al chófer

En Alemania se montó un escándalo como sólo el Bild es capaz de fabricar cuando apareció su foto, sonriente, ante un retrato del rais. Asegura que el fotógrafo le pedía que se moviera hacia su derecha sin dejar de sonreír. Mirar a su espalda le habría salvado. También a los jugadores de la RDA que hablaban libremente cuando él se encontraba en el vestuario.

Eso sí, de criticar a los dictadores, nada de nada. "He trabajado para regímenes comunistas, capitalistas, para un sultanato y un dictador [la lista se incrementaría después. Entonces no había entrenado a Bielorrusia], pero mi trabajo es siempre el mismo. Meter la pelota en la red".

Y, sin embargo, por segunda vez en su vida le echaron por traidor. En 2004, aunque el país apenas gozaba de infraestructuras para jugar al fútbol, tuvo que dejarlo por miedo a perder la vida. Ya habían disparado a su chófer nada más bajarse él del automóvil. Pero todo empeoró cuando aparecieron unas fotos suyas con Jack Straw, ministro de Exteriores británico, en un acto para promocionar el fútbol en el país petrolero. Siguió dirigiendo desde el exilio y consiguió alcanzar las semifinales en Atenas.

Tras un exitoso paso por Chipre, en 2007 aceptó trabajar en la limpísima Minsk. Con una banda y Aleksander Hleb, ha ganado a Holanda y logrado empates con Argentina y Alemania, aunque no se ha clasificado para el Mundial. Seguramente su corazoncito en el campeonato estará con Corea del Norte, su más que probable próximo destino. Sólo falta que alguien le pase a Kim Jong Il el currículum de un tal Bernd Stange. Dicen que en Pyongiang no se ve un chicle por el suelo.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

"Julieta es una zorra" y otras banderolas

Por Rocheteau
Italia ya no es lo que era. Pase un primer ministro con sobredosis de viagra y colorete que ve jueces comunistas por todas partes; pase que se confirme lo que todos sabían: que hubo beso Andreotti-Riina, o sea, morreo Estado-Mafia tras los asesinatos de Falcone y Borsellino; pase que los estadios italianos sigan vacíos; pase que el nivel de los partidos en Italia se parezca cada vez más al de la Ligue 1 francesa; pase todo, pero no que hasta los striscioni sean una soberana mierda.

"Striscioni": dícese de aquellas pancartas o banderolas con objeto de escarnio del equipo contrario, de la tifosería de enfrente o incluso del equipo propio en tiempos difíciles. El último arte verdaderamente italiano.

Los hay antológicos. El mejor, Giulietta'na zoccola e Romeo un gran cornuto (Julieta es una zorra y Romeo un gran cornudo). Exhibido por los insuperables aficionados del Nápoles, en un partido contra el Verona, tierra un poco facha y, sobre todo, cuna de los Monteschi y los Capuletti de Romeo y Julieta.

Tal es la afición transalpina por la creatividad futbolística del saludable "sfottò" (reírse del prójimo), que hasta instituyeron un premio, el "Sandro Ciotti", con su jurado y todo, creado por el periodista Giancarlo Dotto para condecorar al "striscione" más ocurrente del año.

FNF protesta desde aquí oficialmente por la siesa elección del sanedrín de sabios. Una sabanilla cutre, con las letras en fluorescente rosa (suficiente ya para quedar descalificada por incapacidad estética, que lo de los striscioni tienen su arte), de una aficionada del Torino (recordemos que el ascensor granata volvió a bajar el año pasado hasta Segunda División). El eslogan: "Meno male che sono ubriaca" ("Menos mal que estoy borracha"). El único mérito, la constancia, porque la chiquilla, Eleonora Ingrassia, 22 primaveras, lo paseó en todos los partidos a domicilio del Toro durante el año.

Papi, compra a Adebayor

Mucho mejor era la medalla de plata, destinada a ese muñeco de cera que controla medio país: "Papi, cómprame a Adebayor. Firmado: Noemi". Aunque FNF habría entregado la medalla de oro a una que no mereció ni la pedrea, destinada a Cassano, tras la publicación de su tórrida autobiografía: "700 mujeres para Cassano y el cerebro todavía virgen".

Sólo curiosa la de "Fuorinho", tras la eliminación del Inter de la Champions. Y las demás no merecen ni mención (hasta hubo una inspirada en "Lo que el vieno se llevó").

El nivel medio es un verdadero insulto a los clásicos. Por ejemplo, "Moggi, chi hai chiamato oggi" ("Moggi, ¿a quién has llamado hoy?", que pierde algo traducido y sin rima); el desplegado por los aficionados del Torino en un derby contra la Juventus, siempre parte del imperio Fiat: "Siete più brutti della Multipla" (Sois más feos que la Multipla); "El hombre desciende de Gattuso", que no requiere comentario alguno; el milanista "Galliani, lleva a Ronaldo al Dr. House" o el intraducible "Lapo, tira una riga al passato" (lo siento, pero tengo que ponerlo, que lo disfruten los italianófonos, sería algo así como "Lapo, tacha el pasado con una rayita"), exhibido en San Siro contra la Juve, después de que se descubriese que pasatiempo preferido del noto miembro de la familia propietaria de la Juve, Lapo Elkann, eran las noches de coca y transexuales.

El asunto de los striscioni, serísimo en Italia, mereció hasta la publicación de dos libros con los mejores de la Historia, recogidos por Cristiano Militello, con el lógico título de "Giulietta na' zoccola". Por cierto, este famoso striscione fue expuesto en el estadio del Verona, tras varios años de orgullo herido. En 1985, los del Norte habían aparecido en el San Paolo con una banderola bien cafre que rezaba: Vesuvio, haznos soñar. Qué tiempos aquellos...

lunes, 5 de octubre de 2009

¿Por qué en Glasgow los currelas no miran por la ventana?

Por Rocheteau
Jérôme Rothen es un jugador que responde al clásico cocktail de buen pie-poco cerebro-menos carácter-mechas en el pelo. Más o menos un Guti francés pero en clubes de medio pelo. El chico, rebotado del PSG (que ya es mucho decir), ha encontrado un sueldo por su nombre en la pseudo-liga escocesa con la camiseta del Rangers.
Resulta que según llega lo instalan en un súper apartamento de Glasgow, en el barrio de Parkhead, con unas vistas acojonantes. Llegan los primeros operarios y el electricista le pide que corra la cortina. El chico va justo de inglés. El electricista sonríe. Y Rothen se queda pensando en qué raros son los escoceses.

Hasta que viene el que le tiene que instalar la tv francesa y también le pide que corra la cortina. Rothen le preguntó al traductor del club por qué todos los operarios le tienen alergia al sol en Glasgow. Y resulta que desde su ventana, más o menos un décimo piso, se ve el Celtic Park, estadio de los odiados vecinos. Y el Rangers no contrata a currelas verdiblancos.

Eso lo contó en Francia este domingo Jérôme Rothen, con los ojos como platos, justo antes de jugar su primer Old Firm, aunque empezó desde el banquillo. Cada año hay cuatro, pero el aroma guerracivilista no desaparece por muchos que se jueguen. La anécdota de Rothen es por si quedaban dudas.

Quema de camisetas

El Rangers ganó 2-1 con un doblete de Kenny Miller. Un delantero escocés más bien malo para ser delantero y más bien bueno para ser escocés (aunque basta ver al central del Celtic en el segundo gol para entender por qué Cuéllar fue el mejor jugador de la liga hace dos años).

Han contado algunas crónicas que él, Mo Johnston y Alfie Conn han sido los tres únicos jugadores en haberse puesto la camiseta de los grandes de Escocia tras la II Guerra Mundial. Lo que no se dice es que Miller es el segundo temerario en la historia capaz de cruzar la laguna Estigia de Glasgow dos veces: empezó en el Rangers, tras pasar por UK (Wolverhampton) fichó por el Celtic y, después de un nuevo paso por un desastroso Derby County, volvió a ponerse la camiseta protestante.

Con lo cual hasta ayer lo odiaba todo Glasgow por traidor. Hasta ayer.

Nadie ha organizado una quema pública de camisetas con su nombre, como sí se hizo el rubio con Mo Johnston, mucho más simbólico y mucho mejor jugador que Miller, del que apuesto un billete al que nadie volverá a hablar. Y eso que es un tipo peculiar.

Tan peculiar como para probar una terapia de acupuntura tailandesa (recordemos, es escocés) para curarse sus problemas de cuádriceps. Días antes del partido, Miller le quitó hierro al Old Firm: "Nunca he tenido problemas con los hinchas de ambos bandos. Sé que algunos dirán que no se puede cambiar entre Celtic y Rangers, pero, al final, los tiempos han cambiado".

Sobre todo desde que Willie 'Doc' Kivlichan, a principios de siglo, hizo el mismo camino que Miller. Él fue su único predecesor. Era un católico que empezó en los Rangers y marcó en un Old Firm. Luego, ya con los Bhoys verdiblancos, volvió a marcar. Licenciado en Medicina, se convirtió en el galeno del Celtic y fue él quien certificó la muerte en el campo del portero John Thomson (ver vídeo)

Eran otros tiempos, sí. Pero Rothen sigue teniendo que correr la cortina cada vez que viene un currela del Rangers a casa.

miércoles, 15 de julio de 2009

Coppi vs Bartali: el duelo de las dos italias

Por Rocheteau
Italia es un país en el que Aristóteles nunca estará de moda. Ninguna de sus épocas supo lo que era el término medio. O se era de Moser o de Saroni. De Gilera o de Guzzi. Juve o anti Juve. Gassman o Mastroianni. Loren o Lollobrigida. Café con o senza zucchero. De André o Guccini. Berlusconi o democracia.

Pero hay una trinchera que tala el espíritu italiano en dos mitades por encima de todas las demás. Es una simple imagen. En ella no salen Berlusconis, ni Nancys de la Ruleta de la fortuna, ni enanos con guitarra, ni egregios penes checos y ni siquiera la hizo un paparazzo. Pero ya van 57 años de guerra civil ciclista.

Tour del 52. Dos cuerpos sufrientes y empapados arrastran una mochila de sol en plena subida del Galibier, una pirámide con señales de tráfico. Fausto Coppi, rostro enjuto y ratonil, la ambición en el iris, camiseta blancoceleste de la Bianchi, delante. Los hombros anchos con raya al lado de Gino Bartali, enfundado en el maillot verde de la Legnano, detrás. Ambos agarran el manillar con la mano izquierda. Sus brazos derechos trazan una diagonal, unidos por una botella de agua. Bartali la sostiene por la base. Coppi por el tapón. ¿Quién era el gentiluomo que le pasaba la botella a quién? ¿Quién era el elegante y magnánimo campeón que no dudó en ayudar al otro? Eso se pregunta Italia desde hace 57 años.

Carlo Martini hizo aquella fotografía para la Gazzetta dello Sport. En italia se sigue hablando del bidón de Coppi y Bartali, pero en realidad era una botella de agua. Perrier, probablemente. Lo más curioso es que el fotógrafo se puso de acuerdo con ellos para retratar el momento. Pensó en una imagen poco al uso (ganó el premio a la fotografía deportiva del año). Y le salió un dilema.

En espera, música de baile

Ambos eran una radiografía de las dos Italias. Bartali, católico, rural, bonachón y popular, capaz de hartarse de vino y spaghetti la víspera de una dura ascensión. Coppi, laico, introvertido, puntilloso, siempre a dieta. En esa Italia de Don Camilo y Pepone, alguien puso a Bartali la etiqueta de la Democracia Cristiana, partido hegemónico en el poder y quintaesencia de la Italia media. Por eliminación, a Coppi le cayó el estandarte de la hoz y el martillo del Partido Comunista de Togliatti. No eran ni lo uno ni lo otro, pero en Italia eso da igual.

Bartali ya era un ídolo cuando su equipo eligió a un jovenzuelo llamado Coppi como gregario en el Giro de 1940. Bartali se cayó en las primeras etapas. Perdió demasiado tiempo y Coppi, en una épica Firenze-Modena, bajo un torrencial aguacero, escribió, en letra rosa, claro, la primera frase de uno de los palmarés más exitosos de la historia.

Y en aquel Giro nació todo. Con la maglia rosa, Coppi y Bartali ascendían una montaña ten con ten. El imberbe líder, asaetado por los calambres, hizo ademán de bajarse y retirarse. Bartali, en vez de adelantarle, se bajó, le metió la cara en la nieve, lo vuelve a subir en la bici y le suelta: "Coppi, eres sólo un acquaiolo [intraducible expresión, que vendría a ser algo así como cobarde o gallina]".

La supremacía de Coppi, confirmada en años posteriores, dejó la frase más elocuente de la historia de la radio deportiva. Milano-San Remo. 1946. El de Castellania se escapa y llega con 14 minutos de adelanto sobre el pelotón. El cronista de la RAI, sin recursos, sienta cátedra: "Primer clasificado: ¡Fausto Coppi! En espera del segundo, les ponemos música de baile".

Coppi era igual de bueno en montaña que esprintando. Bartali era como un pedernal maleable. Un menhir grácil. Sin fisuras. Aquél era un ciclismo de fuerza. Ni pinganillos ni hostias. Mente y gemelos, como piñón y plato, tirando del alma, que hasta ella pesa en una rampa del 15%. Cada uno ganó dos tours de Francia. Pero Coppi supera en Giros (5) a Bartali (3). Fue mejor, pero de eso ya nadie habla en Italia. De la imagen del Galibier, sí. No se trata de trofeos, sino de "classe".

Lenin contra el Papa.

Dos bandos irreconciliables se medían en cada carrera. Como si sobre la bici esprintasen De Gasperi y Togliatti. Lenin y el Papa. Dos italias falsas, pero contentas de tener cada una un símbolo al que encomendarse en los mediodías del verano. Pero Italia nunca puede fiarse de sí misma.

Con el mentón de Mussolini ya en el poder, resulta que el 'comunista' Coppi aceptó enrolarse en la División Ravenna para combatir por el fascismo en la campaña africana, donde fue hecho prisionero por los ingleses. El 'catolicón' Bartali, que trabajó reparando ruedas entre el 43 y junio del 44, transportaba en su bicicleta papeles y fotos para que un taller de la resistencia en Asís elaborase documentos falsos para salvar a judíos de las leyes raciales y los campos de concentración. La policía fascista lo persiguió durante cinco meses. Pero, igual que en carrera, nadie cazaba a Bartali.

¿Y quién le pasó a quién la botella? Ambos reclamaron durante años haberle cedido al otro el recipiente. Fijarse detenidamente en la foto ofrece una pista. Bartali tenía su bici llena de bidones. No le cabía ni uno más. Los portabidones de Coppi están vacíos. El masajista de Bartali siempre aseguró que fue su pupilo el 'gentiluomo'. Luigi Malabrocca, amigo de Coppi, aseguró que el campeón llegó a reconocerle que Bartali se la dio. Así probablemente fue. Pero 57 años después, en Italia sigue la polémica.

lunes, 29 de junio de 2009

Los comunistas siempre pierden

Por Rocheteau
¿Se imaginan a un buen comunista calándose los pantalones ajustados de un pitcher de beisbol? ¿O bailando como un poseído Michael Jackson pero con casco y hombreras tras lograr un touchdown? La Komintern tampoco.

Por eso, en 1927, la Internacional Comunista, presidida por Nikolai Bujarin, exigió a los camaradas del partido en Estados Unidos que creasen una federación deportiva "progresista" para hacer frente a la trinidad yankee: basket, béisbol y fútbol americano. Nace entonces la Labor Sports Union "en oposición a los deportes dominantes en Estados Unidos". Y eso que el fútbol había llegado a Rusia durante la época zarista.

Los comunistas no se lo tomaron a broma. La Labor Sports Union fue formada por socialistas, comunistas y wobblies (sindicalistas revolucionarios de una rama ideológica made in USA). En 1928, los comunistas ya habían expulsado a los wobblies y purgado a los socialistas.

En la mayoría de ciudades nacen, gracias a los inmigrantes, clubs de fútbol por nacionalidades. La hoy obamiana Chicago fue uno de los bastiones socceristas (y, además, la cuna del comunismo de barras y estrellas). La International Soccer Football League intentaba despuntar gracias sobre todo a italianos, judíos de europa central, alemanes, finlandeses e irlandeses.

Soviet Flyers

En 1929, los obreros del balón se vistieron con sus mejores galas. Les visitaban los Soviet Flyers, que no eran un grupo circense, sino una selección de jugadores soviéticos de soccer. Sus colegas de utopía les agasajaron con un desfile de deportistas al paso y sin majorettes y la formación de una hoz y un martillo humanos. No sé cómo quedaron. Pero habría ido con los neoyorquinos.

Convencidos de que la redención comunista pasaba por darle patadas a un balón que no fuese ovalado, la Labor Sports Union decide lanzar un torneo de fútbol dentro de las Olimpiadas Obreras de Chicago de 1932 (el año en que el fútbol sale de las Olimpiadas verdaderas en Los Ángeles). Los Chicago Englewood y los New York Red Sparks FC juegan la final. Hubiera dado medio sueldo por verlo. Ganaron los neoyorquinos 2-0. Se lo merecían, aunque sólo sea por el nombre (chispas rojas).

El tercer periodo de la Komintern privilegió la creación de organizaciones intermedias, como la Labor Sports Union, para llegar a los americanos "que todavía no están preparados para entrar en el partido comunista" (The new American sport History. William J. Baker) .

Para lo que no estaban preparados los americanos, en plena era Babe Ruth, era sobre todo para el fútbol (y eso que en 1930 venían de acabar terceros en el Mundial de uruguay). El tiqui-taca no enganchó con el raca-raca ideológico y los americanos nunca dejaron de ver el soccer como un deporte de extranjeros, raros y comunistas (ahora ya entenderéis lo de Alexei Lalas).

El soccer se prometía un destino en la vanguardia deportiva de una américa comunista y ha terminado convertido en el deporte de cola del imperialismo, donde lo practican las niñas y los críos blancos que son como niñas: ni altos (jugarían al baloncesto), ni fuertes (jugarían al fútbol americano), ni saben mascar tabaco (jugarían al beisbol).

Brasil contra Estados Unidos. "Ordem e progresso" frente a una banda de herederos del comunismo. La victoria estaba cantada.